XIX Domingo del Tiempo ordinario - Ciclo C

Domingo, Agosto 11, 2019

Reunidos de nuevo en este décimo noveno domingo del tiempo ordinario, la palabra de Dios nos invita a pensar y a reflexionar en dos aspectos importantes para la vida: la fe y la confianza. Bastará recordar nuestro tiempo de colegio para evocar situaciones en las cuales como niños nos comportábamos “juiciosos” cuando contábamos con la presencia del profesor quien como adulto garantizaba el orden y la disciplina. La fe y confianza del maestro en nosotros podría estar en tela de juicio dados nuestros comportamientos contrarios a las normas y los principios establecidos. Esta situación de adolescentes, parece que continúa presentándose en algunos “adultos” que aún con la experiencia de la vida, no creen que valga la pena comportarse de manera correcta atendiendo las normas y principios establecidos. Pareciera ser que lo único que vale la pena, lo que verdaderamente cuidamos y procuramos no perder es todo aquello que consideramos importante; olvidándonos que no estamos solos y que todos nuestros actos tienen consecuencias e incidencia en los demás. Me gusta la definición de que plantea Bennett en el famoso texto titulado “El libro de la virtudes”. Dice el autor: “la fe es una fuente de disciplina, poder y sentido en la vida de los fieles de cualquier gran credo religoso. Es una fuerza potente en la experiencia humana. Una fe compartida une a la gente de maneras que no se pueden imitar por otros medios” (p. 645). Esta fe, necesariamente genera confianza en sí mismo y en quien se cree.
Es en este sentido como el relato de Lucas nos ilustra sobre la forma de comprender la fe y la confianza en Dios: Jesucristo decía hoy en su palabra: "!Dichoso ese criado si, al llegar su amo , lo encuentra haciendo lo que debe¡. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes" (Lc 12,43). Dios, confía en su criado, tiene fe en él, no duda de sus capacidades y de su fidelidad; caso contrario a lo que ocurre en nuestro diario vivir donde se olvida esta bienaventuranza del Señor instigando
permanentemente a todos a que olvidemos nuestros compromisos y vivamos de manera irresponsable creyendo que nuestras acciones no tienen consecuencias. Vivir sin fe es pensar igual que el criado irresponsable de la parábola del evangelio:
"Pero si ese criado empieza a pensar: "mi amo tarda en venir, y se pone a golpear a los criados, a comer a beber y a emborracharse, su amo llegará el día en que menos lo espere y a la hora en que menos piense, lo castigará con todo el rigor y lo tratará como merecen los que no son fieles" (Lc 12,45-46).

La palabra de Dios nos invita a recuperar en nosotros y en nuestras familias la fe y confianza en Dios; así como se afirmaba la carta a los hebreos: "La fe es el fundamento de lo que se espera y la prueba de lo que no se ve" (Hb 11,1). Por la fe
y la confianza en Dios, muchos hombres y mujeres que nos antecedieron, fueron capaces de dar hasta su vida como testimonio de fidelidad a Dios, a sus principios, a los compromisos adquiridos. No necesitaron de adultos o vigías que los
supervisaran para cumplir con todo aquello que habían asumido. Bastó la confianza en Dios para transformar sus vidas y las de aquellos con quienes la vivieron. Al igual que ellos, nosotros mismos hemos experimentado que confiar en el Señor y obedecer sus leyes es garantía de vida en abundancia. No tenemos que hacer mucha memoria para constatar que a diferencia de estos hombres y mujeres de fe, abundan los casos de hombres y mujeres que actuando como "criados irresponsables" se fiaron del mundo y sus tentaciones y quedaron solos, infelices y frustrados.
A través de la Iglesia se nos han dado en abundancia los tesoros de la fe, hemos recibido lo que necesitamos para salvarnos, para ser felices, de nosotros depende la respuesta a la invitación amorosa que Dios nos hace a transitar por el camino
seguro cumpliendo su voluntad. Que nada ni nadie nos haga perder la confianza en el Señor para que siempre nos mantengamos fieles a él, recordando que somos el rebaño del Señor a quien el Padre del cielo ha querido darle su Reino.

-Padre Ramón Zambrano-

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