IV Domingo de Adviento - Ciclo A

Viernes, Diciembre 20, 2019

Como lo hemos hecho en los tres anteriores domingos, hoy encendemos la cuarta y última vela de nuestra corona de adviento, señal de la proximidad del nacimiento del Enmanuel, el esperado. La corona totalmente encendida recoge el gozo pleno de la Iglesia que se reúne este domingo a proclamar con alegría el gran signo prometido por Dios: “mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa Dios-con-nosotros” (Is 7,14).

Durante éste último tramo del tiempo de adviento, las celebraciones litúrgicas de la Iglesia estarán acompañadas del rezo de la novena de aguinaldos que ha de convertirse para nosotros como una oportunidad para compartir en familia la fe, la alegría, el gozo del nacimiento del Mesías. La proximidad de la conmemoración del nacimiento del Señor Jesús nos ha de llevar a tomar conciencia de lo que significa el don precioso de Jesús en medio de nuestra “pobre humanidad agobiada y doliente” que con esperanza no desfallece en la espera y hace de la oración un espacio y un momento de encuentro personal con el Señor en medio de la alegría de los villancicos.

Por la fe en Dios y en la Iglesia, reconocemos que todos nosotros necesitamos que Jesús nazca en nuestras familias y comunidades porque solo él la “creatura que viene del Espíritu” (Mt 1,) puede hacer de cada hombre y de cada mujer personas diferentes, llenas del amor y la ternura del niño del Belén; personas que manifiestan con sus obras y palabras la confianza en Dios y en sus designios; tal como lo hizo José , el esposo de María y padre adoptivo del niño Jesús. Tal vez con la intención de ejemplificar lo que sucede en el corazón humano cuando lo que le acontece no es fácil de entender, porque no comprende con la razón lo que Dios le quiere decir; el evangelio de Mateo que hemos proclamado hoy dedica especial importancia a las actitudes, reacciones y comportamientos de San José, un hombre bueno y generoso que acepta la voluntad de Dios sin poner en duda su voluntad y sin pensar que se trata de una mentira o engaño que le pudiera causar decepción o tristeza.

 

la afrenta que se le ha hecho a este “hombre herido”. Su primera reacción esadmirable: “José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto” (Mt 1,). San José reacciona como un adulto que posee madurez, control de sus emociones y prudencia frente a los eventos que pueden desencadenarse si se conociera una noticia de ese tamaño en su pueblo. No entiende la situación, no le gusta lo que ha sucedido, pero no reacciona con violencia ni con deseos de cobrar con sangre la supuesta ofensa sufrida. El testimonio de José se constituye para nosotros como un ejemplo de fortaleza, prudencia y serenidad. En muchas ocasiones, lo que nos sucede en la vida requiere de silencio, discernimiento y paz interior que nos llevará a tomar la decisión más acertada evitando que cometamos locuras de las cuales podamos arrepentirnos más tarde.

Sin embargo, nuestras respuestas y actitudes frente a lo que nos acontece en la cotidianidad de la vida y de la sociedad, no solo requieren de la madurez humana y de la reflexión racional sobre el control de nuestra vida; como hombres y mujeres de fe , estamos llamados a abrirnos a la experiencia sobrenatural y trascendente; necesitamos entrar en la dimensión divina para que toda nuestra existencia sea tocada por la voluntad de Dios que nos abre hacia dimensiones distintas que solo se entienden desde el encuentro con el Señor. El evangelio de Mateo graficará la íntima experiencia de San José con Dios de una manera hermosa: “...se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: José hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer...”(Mt,1,).

Amados hermanos: estamos felices por la pronta venida de Jesús el “Dios con nosotros” . Esta felicidad ha de reflejarse en la apertura que tengamos a la experiencia de Dios que en medio de nuestra fragilidad y de la miseria de la sociedad nos permite acercarnos como familia para reavivar en nosotros el fuego del amor, la fraternidad, la cercanía, el afecto, la bondad y todas las virtudes que nos hacen más y mejores seres humanos. Es necesario aprender en este cuarto domingo de adviento de nuestro patriarca San José, un hombre muy humano, pero a la vez muy seguro del poderío de Dios sobre su vida. José siempre estuvo dispuesto a poner en primer lugar los planes de Dios sobre sus propios planes.

 José reconoce que el buen Dios nunca falla y su adhesión a él nos garantiza paz, bienestar y felicidad. Pidámosle al niño Jesús, al Señor que se acerca; que al igual que San José “despertemos del sueño” y empecemos a hacer lo que Dios nos manda para que llenemos del querer de Dios nuestra vida, nuestras familias y nuestra sociedad.

-Padre Ramón Zambrano-

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