Homilias

OCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Domingo, 26 de Febrero de 2017

Isaías 49,14-15    Salmo 62 (61)    1 Corintios 4,1-5    Mateo 6,24-34
 
El mundo de hoy ha generado un tipo de sociedad que vive muy preocupada por “consumir” Se consume innumerable cantidad de bienes y servicios y, parece que el consumo se ha vuelto tan desproporcionado que gran parte de lo que se consume se desperdicia, generando pérdidas millonarias por el derroche de consume innecesario. Por ejemplo, se estimula a través de inversiones millonarias en comerciales el consumo excesivo de comida chatarra y bebidas azucaradas; por supuesto, además de producir muchas enfermedades por el consumo desorganizado de estos insumos, se desperdician toneladas de estos productos que terminan convirtiéndose en  basura. Esta misma realidad de consumo y desperdicio podemos evidenciarla en elementos como  la ropa,  la tecnología y  muchas otras cosas más que por ser parte de “la sociedad de consumo” pueden ser consideradas como una  adicción que nos lleva a consumir sin importar el precio.
 
De un momento a otro nos convertimos en “compradores compulsivos” que ya no oímos  ni entendemos; y lo más grave, no medimos los gastos descontrolados que no están en ningún presupuesto.  Esta situación de agotamiento por el exceso de trabajo generado por los gastos y estilos de vida desproporcionados a nuestra situación, perjudican nuestra paz, las relaciones con la familia y pueden llevarnos a sentirnos desafortunados por no tener el “dinero” o la  “suerte”  que a otros les ha sido dada. No es extraño que algunos piensen en lo injusto que es el mundo por darle mucha fortuna a unos pocos y al resto trabajo, problemas y pobreza. Para algunos, la situación es tan grave y preocupante que le adjudican a Dios las desgracias de su destino culpándolo de los males e infortunios llegando a afirmar que Dios se ha olvidado de ellos.
 
Queridos hermanos, no podemos “echarle la culpa” a Dios de nuestras malas decisiones y de nuestra situación de desconsuelo e infortunio.  Vale la pena recordar el texto de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura sobre lo que piensa Dios de nuestro reproche insensato acerca de que nos ha olvidado: “Me ha abandonado Dios, el Señor me ha olvidado ¿Acaso olvida una madre a su hijo y no se apiada del fruto de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré” (Is 49,14-15). Quizá deberíamos  revisar lo que nos pasa intentando descubrir el origen y causa de nuestras adicciones. Podríamos volver nuestra mirada al Señor pidiéndolo que nos ayude a discernir, a juzgar a ponderar todos los asuntos referentes a las preocupaciones por tener y consumir. Necesitamos abrir nuestro corazón dándole cabida al mensaje, a la palabra, a las enseñanzas del Señor haciendo vida la invitación que hoy nos hace San Pablo en la Primera carta a los Corintios: “Dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que se esconde en las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones del corazón” (1 Co 4,5).
 
Jesucristo quiere que seamos capaces de desnudar el corazón para dejar de encubrir una poderosa tentación que destruye la vida y como un virus muta de época en época: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24 b). Es muy poderoso lo que hoy Jesús nos dice “No andéis preocupados” (Mt 6,25). El Señor no quiere que interpretemos esta palabra como una invitación a ser irresponsables y descuidados; por el contrario,  la invitación es a no permitir de ninguna manera que el interés excesivo por  el dinero  los bienes materiales  ocupe toda nuestra atención pensando que la posesión de éstos bienes garantizará nuestra felicidad.  De la misma manera que Jesucristo depositó toda su confianza en el Padre celestial que alimenta y viste las aves del cielo y los lirios del campo; también nosotros, cristianos católicos convencidos de la fe en Dios y en la Iglesia, podemos poner nuestra confianza en Dios sabiendo y reconociendo que en él encontramos el sentido último de nuestra existencia
 
No se trata de despreciar los bines recibidos de la mano generosa de Dios, el Señor quiere que hagamos uso adecuado de los mismos permitiendo hacer el bien. Que este encuentro de hermanos alrededor del altar nos fortalezca y nos ayude a organizar nuestra vida para que reconozcamos las cosas en su verdadero valor y le demos el puesto que corresponde en la vida. Durante esta semana hagamos vida y llevemos a la práctica la invitación que nos ha hecho San Mateo en el Evangelio: “Buscad ante todo el Reino de Dios y lo que es propio de él, y Dios os dará lo demás. NO andéis preocupados por el día de mañana, que el mañana traerá su propia preocupación. A cada día su afán” (Mt 6,34)

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