Homilias

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

Domingo, 26 de Marzo de 2017

1S 16,1b.6-7.10-13ª    Salmo23 (22)    Efesios 5,8-14     Juan 9,1-41
 
Después de recorrer durante tres domingos el camino de la cuaresma, la Palabra nos ha hecho ver la necesidad de darle un nuevo rumbo a la manera como pensamos, actuamos y decidimos en nuestra vida. Seguramente hemos podido tener una mirada diferente aprovechando el camino de conversión que ofrece este tiempo: ahora nuestra mirada la hacemos desde Dios. El hecho de mirar las cosas desde Dios para no caer en tiniebla, será el centro del mensaje de este domingo.  Este mirar desde Dios, es el que se nos muestra en la  frase del profeta Samuel a Jesé en la búsqueda del nuevo rey de Israel: “No te fijes en su aspecto ni en su gran estatura….La mirada de Dios no es como la del hombre: el hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón” (1S 16,7).

No cabe duda que la experiencia que el hombre tiene de Dios le permite reconocer otras realidades y ver lo que acontece con esperanza y alegría; prueba de ello son los primeros cristianos. Los cristianos de los orígenes pudieron ver y entender rápidamente que Jesús es la luz del mundo, que realmente Dios se manifestaba con todo su poder en las palabras y obras que realizaba el Señor Jesús, reconocieron como su mirada poseía las mismas características divinas porque era capaz de traspasar el corazón, no se quedaba en lo superficial. Estos primeros hombres y mujeres seguidores de Jesús pudieron constatar que acercarse a Él, seguirlo, hacer lo que Él pedía, era garantía total de felicidad, de alegría; fueron capaces de vencer las tinieblas y la apariencia en la que su mundo les tentaba a vivir. Seguramente esos primeros cristianos se fascinaban por la persona y el mensaje de Jesús hasta el punto de  aceptarlo en sus vidas; junto a él veían todo de una forma diferente. Consecuencia de esa experiencia transformadora era caminar con la comunidad de creyentes, luego se bautizaban y de esa manera  (como el ciego de nacimiento) comprendían que la vida con Jesús los hacia más libres; sus estigmas sociales, escrúpulos moralistas y su pesada carga de tradiciones que los ubicaban dentro o fuera de la sociedad, ya no tenían dominio sobre ellos; realmente habían salido de la oscuridad, era como experimentar un nuevo nacimiento, una nueva creación: “en otro tiempo erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor” Efesios 5,8.

Los textos de este domingo dejan ver a un Jesús misericordioso que devuelve la vista; sin embargo este milagro no es suficiente para algunos que, siendo partícipes de la fe en Jesús, no lograrían ver la vida, la realidad de una manera nueva y distinta como lo había enseñado el Señor. Lo mismo puede ocurrirnos a nosotros, los creyentes de éste tiempo que aun conociendo el mensaje de Jesús, tenemos dificultades para creer porque nos limitan las presiones de la sociedad, el consumismo, el placer sin límites,  las formas “cuadriculadas” y rígidas de asumir las situaciones que se nos presentan en la vida.  Pero no debemos dejarnos influenciar por estos estereotipos modernos que logran confundirnos y que opacan nuestra forma de ver el mundo con los ojos de Jesús; nosotros, los creyentes en Dios, en Jesús y en la Iglesia Católica sabemos que a pesar de las resistencias que tenemos dentro y fuera de la comunidad, Dos nos acompaña con su palabra, con su espíritu que nos libera de la ceguera que experimentamos; esto lo podemos constatar en el relato que hemos escuchado y sobre el cual estamos reflexionando: luego de la curación del ciego y de la polémica de los judíos (también ciegos) por la curación, surge otro encuentro con Jesús que fortalece la fe de este hombre y deja al descubierto la ceguera de los que creen ver.
Sigamos orando al buen Dios par que quite de nuestros ojos todo aquello que no nos deja ver la realidad con los ojos de Jesús. Dejemos que fruto de nuestra oración y meditación, la palabra del salmista se haga realidad en nuestra vida: “El Señor me conduce hacia fuentes tranquilas” aun caminando por valles tenebrosos, el Señor siempre está con nosotros. Salmo 23 (22).

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