Homilias

SOLEMNIDAD DE LA ASCENCIÓN DEL SEÑOR

Domingo, 28 de Mayo de 2017

Hechos 1,1-11      Salmo 47       Efesios 1, 17-23       Mateo 28,16-20 
 
Varios acontecimientos de fe hemos venido viviendo durante el tiempo de pascua. En este domingo, celebramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor; y el próximo domingo, cuatro de junio, nos volveremos a encontrar para dar término al tiempo de Pascua con  Pentecostés, la fiesta del espíritu, la fiesta de la Iglesia.
 
Volvamos nuestra atención a la celebración de hoy e iniciemos nuestra reflexión, nuestra oración, intentando ahondar en el significado del mensaje que el Señor nos presenta y tratemos de dar respuesta  a algunos interrogantes. En primer lugar, podríamos preguntar: ¿Cuál es el sentido y significado de esta solemnidad de la ascensión? Partamos de una afirmación: “Jesús  viene de Dios, nunca ha dejado de estar con Él y vuelve  a Él, llevando consigo  a todos los creyentes”. No hay duda de ello, así lo confiesan las primeras generaciones de creyentes en Jesucristo; los primeros testigos, han confesado esta verdad de muchas maneras al reconocer y proclamar que en Jesús habita a plenitud la fuerza de Dios: “Es la fuerza que Dios desplegó en Cristo al resucitarlo de entre los muertos y sentarlo a su derecha en los cielos” (Ef. 1,19).
 
El segundo interrogante, que proviene de la afirmación que hemos escuchado de la carta a los Efesios, hace referencia al cielo: intentemos responder a esta pregunta: ¿Qué significa el cielo? En el lenguaje bíblico, sobretodo del antiguo testamento, referirse al cielo, era referirse a Dios mismo, al lugar “infinito” donde Dios es soberano total.  El antiguo testamento no se plantea la pregunta sobre la forma como se puede acceder a Él, al mismo Dios; pues a Dios ni siquiera se le menciona.  Es evidente entender que la comprensión acerca del acceso a Dios está mediada por la concepción monárquica e imperial de las culturas del mediterráneo; allí tenían una  manera de concebir a Dios muy singular, tenía que ver con realidades como: el palacio, el reino;  lo referente a la divinidad siempre está arriba, como el cielo. Por esta  razón surgieron (y prevalecen aún) ciertos rasgos de “espiritualidad cortesana” caracterizada por un deseo de complacer al rey por parte del vasallo que permanentemente lo proclama como su monarca.  Dios está allá, en el cielo, lejos de su pueblo
 
Si volvemos nuestra atención al Nuevo testamento, veremos como la comprensión que se tiene de Dios dista mucho de ese ser monárquico y avasallar que oprime al pueblo. Es Jesús quien muestra el verdadero rostro de Dios.  Lo que Jesús “hizo y enseñó desde el principio” (Hch 1,1) acerca de su Padre fue realmente novedoso, pues dejó ver y  a su vez motivó a que todos construyeran una relación diferente con el Dios fiel de Israel. Se puede construir una relación diferente con Dios, porque el que habitaba en los cielos definitivamente se ha hecho presente en su hijo amado para permitirnos no solo compartir sus ideas y su afecto sino compartir su vida, su presencia total. La solemnidad de la ascensión confirmará que Jesús, nos introduce en el misterio de Dios, pero a la vez sigue presente entre sus creyentes por la fuerza vivificadora de su Espíritu. Su presencia, apacible y definitiva acompañará a sus seguidores para que ni las dudas, ni los temores opaquen la acción fiel de Dios en el mundo.
De aquí en adelante cualquier creyente que deje habitar a Dios en su vida será transformado por el Reino de Jesús que lleva a comunicar a los otros esta alegría: “poneos en camino, haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28,19). Los primeros creyentes pudieron descubrir por gracia del Espíritu Santo, que esa amistad íntima de Jesús con su Padre,  no la ostentaba como bien privado; al contrario, Jesús resucitado la compartía y ella hacía bien de todos los que creían en él. La experiencia de Dios vivida por el pueblo y transmitida desde los apóstoles fue arraigándose en la comunidad de tal manera que los creyentes se hacían discípulos a través del bautismo y a partir de ello  se comprometían a vivir el estilo de Jesús; vivencia que, como una llama que no se apaga, fue iluminando la vida de los creyentes sumergiéndolos en el mismo Dios.
 
Jesús asciende, vuelve al Padre porque proviene de él y está en él; el resucitado va al cielo, y desde allí enviará al espíritu Santo para que nos siga guiando e  iluminando; esta es la experiencia máxima de la fe del cristiano que reconoce la trinidad y que se siente amado y acompañado por el mismo Dios. No nos dejemos engañar; el  mundo de hoy pretende simular de muchas maneras la experiencia máxima de nuestra vida  proponiéndonos vivir en “cielos pasajeros” como el dinero, el reconocimiento inmerecido, el disfrute  desordenado, la infidelidad, el abandono, la falta de misericordia y caridad; volvamos la mirada a Dios, a Jesucristo que nos ha mostrado el rostro del Padre; solo en él, en Jesús, podremos tener la experiencia máxima de vida que nos “eleva más allá de las estrellas” porque solo el Señor tiene poder para elevarnos, para llevarnos a Dios : “Dios me ha dado autoridad plena, sobre el cielo y la tierra” (Mt 28,18)

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