TERCER DOMINGO DE CUARESMA

Domingo, Marzo 4, 2018

Éxodo 20,1-17      Salmo 19      1Corintios 1,22-25       Juan 2,13-25

Las sociedades de todos los tiempos han mostrado la grandeza de su momento histórico en las construcciones de palacios, mausoleos, monumentos y templos. De muchos de ellos solo quedan las ruinas, y de otros el empleo que de ellos se hace para museos, edificios de alto valor cultural e histórico y centros de gobierno donde se detenta el poder.

En una sociedad religiosa, la expresión de la grandeza y protagonismo de Dios se manifestaba en la grandeza y espectacularidad del edificio que permitía el encuentro con la Divinidad. Todo el edificio, la manera de construirlo, el diseño del trazado de la luz, las obras de arte, querían ayudar al hombre religioso a sumergirse en la trascendencia y a renovar su amistad con el Creador. Al cambiar la sociedad, también cambian las construcciones; son las grandes  torres de los bancos y de las multinacionales las que hoy dominan los paisajes de nuestras ciudades, el mundo del comercio y de los negocios dictan los nuevos mandamientos para vivir en la sociedad de hoy.

En este domingo de cuaresma la Palabra nos previene para que la manera como construimos nuestra relación con Dios no sea dominada por los criterios que impone la sociedad de mercado, porque bien sabemos qué piensa Jesús de la sociedad de mercado: "Jesús, al ver aquello, hizo un látigo de cuerdas y echó fuera del templo a todos, con  sus ovejas y bueyes; tiró al suelo las monedas de los cambistas y volcó sus mesas..." (Jn 2,15)

Jesucristo da un paso más, muy importante y aplicable para la sociedad de consumo que caracteriza hoy la construcción de nuestra identidad como personas y creyentes. El protagonismo de los medios de comunicación ha desplazado la simbología, de las edificaciones, al protagonismo mediático del cuerpo. La nueva ostentación de poder y espectacularidad se centra en las categorías comerciales de belleza: el cuerpo del cantante, del deportista, del poderoso, debe ser el mejor vestido y maquillado porque representa la aspiración de todos para encontrar la felicidad. Frente a esto Jesús también expresa su sentir: "destruid este templo y, en tres días, yo lo levantaré de nuevo" (Jn 2,19).

Acoger a Jesucristo en nuestra vida nos permite construir una vida donde Dios habite en ella para que resplandezca su Gloria en nuestra pobre y efímera humanidad. Siempre la fama, el poder, el protagonismo sin sentido dejarán como consecuencia una vida triste  que recuerda con nostalgia los escombros del endiosamiento de nuestra frágil humanidad. La cuaresma es el tiempo para creer en las promesas que brotan de Dios: "...se trata de un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1 Co 1,24).

Cada uno de nosotros, sólo por la gracia de Jesús, se convierte en esta sociedad de monumentos y edificaciones "bellas por fuera, muertas por dentro", en auténticas iglesias móviles que llevan al mundo un nuevo estilo de vida y relaciones: El estilo humilde y sencillo de Jesús.

 

Padre Ramón 

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