Homilias

VIERNES SANTO: CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

Viernes, 14 de Abril de 2017

Isaías 52,13-53,12    Salmo 30    Hebreos 4,14-16; 5,7-9      Juan 18,1-19,42
 
Muy queridos hermanos. Hoy, en este viernes santo, nos reunimos como hermanos y como Iglesia para participar de la celebración de la Pasión del Señor. Como lo recordarán, en esté día no celebramos la Eucaristía, desde ayer, Jesús ha estado presente en el monumento y hoy, en este segundo día del triduo pascual, la fe nos convoca para que como hermanos reflexionemos sobre este momento crucial de la vida de Jesús.
 
La celebración de hoy tiene dos momentos que centran nuestra atención: el viacrucis y la celebración litúrgica de la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo. Los dos momentos tienen como meditación el relato de  la pasión del evangelio de San Juan. Juan y  la Virgen María fueron testigos de excepción en estos acontecimientos dramáticos del Señor. El relato de Jun nos muestra de manera detallada y conmovedora las últimas horas de vida de Jesús, horas que se constituyen para nosotros como el mayor signo de entrega y amor de Dios a los hombres. ¿Cómo entender este momento? ¿Qué quiso decirnos Jesús al asumir así los últimos acontecimientos de su vida? Podríamos leer y releer los capítulos dieciocho y diecinueve de San Juan, fijando nuestros ojos en el Siervo de Dios, Jesús que: “después de una vida de aflicción, comprenderá que  no ha sufrido en vano…. traerá a muchos la salvación cargando con sus culpas” Is 53,11.Queda claro un primer mensaje: Dios se entrega, da la vida,  para la salvación de todos los hombres.
 
La muerte de Jesús fue un hecho conmovedor y doloroso, de manera especial para sus seguidores, para sus amigos, para sus apóstoles; en ellos quedarían grabados los acontecimientos que inicialmente fueron considerados como un fracaso, “el fracaso de la cruz”. Es claro que el  relato de Juan y los de los demás Evangelios no pretende maquillar ni ocultar la reacción de los apóstoles o discípulos; ellos, la crucifixión y la muerte de Jesús acababa con toda su ilusión, con sus sueños, con sus proyectos; solo después de la resurrección comprenderían el verdadero significado de lo que había sucedido con  su maestro. Para una cultura que vivía la muerte, la pobreza  y la dominación extranjera, esta crucifixión no era otra cosa que confirmar de nuevo, que frente al poder y a las estructuras intimidantes del imperio romano, no había más remedio que la sumisión o la muerte.
 
¿Qué sucedió para que la muerte del justo Jesús no quedará en el olvido como muchas de las muertes de la época? Con la fe que proviene de Dios, podríamos decir que gracias al Espíritu Santo, los creyentes “hilaron fino”, reflexionaron, fueron comprendiendo lo que pasaba y pudieron dar respuestas a interrogantes como estos: : ¿cómo el Padre  de Jesús que es  bueno iba a abandonar a su hijo? ¿La actitud de Jesús aun con tanto dolor e injusticia vivida, dejó ver que no confiaba en su Padre? . Estos primeros discípulos y creyentes recordaron lo que habían vivido junto al Maestro, pudieron traer a su mente y a su corazón la experiencia, las palabras, el testimonio de Jesús, recordaron la pasión que el maestro tenía por el reino, por dar cumplimiento a las promesas dadas por Dios. La actitud silenciosa de Jesús frente a su pasión, la manera como enfrentó el dolor, la traición, la soledad e incluso la muerte, expresan claramente la convicción que  Jesús tenía: dar su vida para devolver a todos el sentido auténtico de la vida y de la historia.
 
Así lo vivieron y entendieron los seguidores de Jesús: si el Padre hace salir el sol sobre buenos y malos, sobre justos e injustos, pues llegado el caso (y llegó) de expresar aun en la iniquidad de la cruz y de la injusta muerte, quién era Dios, Jesucristo no dudaría en confesar con su vida el absoluto y radical propósito de Dios: amar y salvar a la humanidad.
 
No nos reunimos los creyentes en el viernes santo para estar de “luto por Jesús”, podíamos decir lo mismo que se decía antes: “hoy no se puede hacer nada, porque Jesús se murió”; y  no es así. Hoy  no es un día para celebrar la tragedia de la muerte o el fracaso del proyecto de Dios para los hombres.  Hoy es un día de esperanza, de agradecimiento y admiración, porque  Dios nos ha mostrado como es capaz de ir hasta las últimas consecuencias  por cada uno de nosotros. Con su muerte en la cruz, Jesús confirma lo que había dicho de su Padre….Él deja las noventa y nueve por ir detrás de la perdida…. Él es capaz de dar su herencia por amor, sin importar que la despilfarremos…Él se baja del caballo por curar al que está al borde del camino herido.
 
La cruz que ahora vamos a   adorar no es un signo de muerte y desolación; para los cristianos católicos se constituye como el símbolo de sabiduría, de sacrificio, de amor, de entrega, de salvación. En ella, Jesús nos invita a asumir la vida con sentido, adquiriendo un verdadero compromiso en favor de aquellos que nos necesitan; así, podremos comprender que la exigencia  hecha por Jesús era verdadera y él la llevaría  a su pleno cumplimiento: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero quien quiera perder su vida por mí, la encontrará” Mt 16,24
 

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