Homilias

QUINTO DOMINGO DE PASCUA

Domingo, 14 de Mayo de 2017

Hch 6,1-7   Sal 33   1 P 2,4-9    Juan 14,1-12
 
Celebramos en comunidad el quinto domingo del tiempo de Pascua. Durante este tiempo hemos venido reflexionando sobre dos aspectos muy importantes para nuestra fe: en primer lugar sobre las distintas formas como Jesús se fue haciendo vivo y presente en medio de sus discípulos mostrándoles el camino que deberían seguir; y en segundo lugar, sobre la forma como la experiencia del resultado se fue consolidando en medio de ellos hasta configurar la primera comunidad cristiana, la Iglesia. Estos aspectos también nos han permitido reflexionar y orar sobre dos acontecimientos importantes: el primero, la celebración de la pascua, elemento central de la fe; y el segundo, la preparación para pentecostés, la fiesta de la comunidad, de la Iglesia que viviremos dentro de cuatro domingos. 
 
Ahondemos en estos dos elementos. Cuando reflexionamos y oramos en éste tiempo de pascua sobre la forma como Jesús siguió  en medio de los suyos,   constatamos que la presencia del Señor resucitado en su Iglesia es real porque aquellos hombres y mujeres continuaron con su mandato: “Vosotros como piedras vivas, vais construyendo un templo espiritual” (1 P 2,4). El mismo Espíritu de Jesús  fue  abriendo caminos ante las dificultades que se presentaban en la naciente comunidad,   los fue articulando poco a poco de acuerdo con las necesidades del momento; la experiencia del resucitado les permitió ir  construyendo y consolidando  una estructura ágil y eficiente que respondía a las necesidades y dificultades que fueron apareciendo. En medio de esta diversidad de situaciones, estos primeros cristianos fueron acrecentando  su fe  y cada día se hacían más conscientes de cuál era su misión: “No está bien que nosotros dejemos de anunciar la Palabra de Dios para dedicarnos al servicio de las mesas” (Hch 6,2)
 
Los hijos de la Iglesia, animados por la experiencia de la resurrección del Señor y llenos de sabiduría y del Espíritu Santo, se "fueron organizando  creando y estableciendo  estructuras flexibles y fuertes que dieron respuesta  a su misión esencial: la construcción del Reino; y es en este recorrido de fe y dificultades donde se hizo evidentes una de las tentaciones que con mucha frecuencia se hace presente en el quehacer eclesial: sacrificar el Reino por la Estructura, por la organización establecida para el cumplimiento de la misión. Es en este sentido como debemos entender las palabras del  santo Padre Francisco dice: “Además, es necesario que reconozcamos que, si parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia, se debe también a la existencia de unas estructuras y aun clima poco acogedores en algunas de nuestras parroquias y comunidades, o a una actitud burocrática para dar respuesta a los problemas, simples o complejos, de la vida de nuestros pueblos” (EG 63)
 
La situación descrita, y muchas otras realidades que ocurren al interior de nuestra Iglesia nos inquieta y nos llevan a preguntarnos: ¿cómo mantenerse en el Espíritu de Jesús para que lo urgente no acabe con lo importante? ¿Cómo evitar que discípulos-misioneros no terminemos convirtiéndonos en burócratas-acomodados?  La respuesta la encontramos en el Evangelio de Juan que hemos escuchado hoy.  Juan nos muestra como la fe en el resucitado es la respuesta; Jesús continúa guiando a la Iglesia por los caminos que le permitirán construir el Reino en medio de los hombres: Confiad en Dios y confiad también en mí” (Jn 14,19). El Señor  va guiando a su Iglesia  dando respuesta  a las inquietudes y necesidades de los hombres: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, el mismo maestro va mostrando el camino a seguir: Nadie puede llegar hasta el Padre sino por mí” (Jn 14,6). El camino mostrado por Jesús ha venido recorriéndose a través de la historia bajo la guía de la Iglesia; que durante veintiún siglos, en medio de las dudas y dificultades propias de la vida, ha continuado celebrando la resurrección de Jesús haciendo vida el Reino de Dios en todos los lugares del mundo; la misma Iglesia, comunidad de creyentes, ha acompañado a la humanidad dando a conocer a Jesús, su fascinante personalidad, su ejemplo y las obras que hoy nosotros como cristianos seguimos construyendo y fortaleciendo con la fuerza del Espíritu Santo.
 
Comprendiendo lo anterior, podemos ver como las inquietudes de Tomás y de Felipe que se narran en el evangelio de hoy, tienen mucho sentido. En el contexto de la última cena, en este ambiente de despedida que Jesús  ofrece a sus discípulos, quedan muchas dudas, muchas inquietudes sin resolver y hasta muchas  acciones por realizar que los discípulos hubiesen querido  escuchar  de labios del Maestro. Tomás y Felipe, tienen las mismas preocupaciones de cualquiera que tiene que suceder a un fundador o iniciador. Detengámonos en sus afirmaciones, la de Tomás: ¿cómo vamos a saber el camino? (Jn 14,4); la de Felipe: “muéstranos al Padre; eso nos basta” (Jn 14,8). Es como decir, Señor, es urgente: – déjanos un manual – o – escribe tus memorias. La respuesta de Jesús disipa toda duda y temor  volviendo la mirada de los discípulos a lo esencial: “Es el Padre que vive en mí, el que está realizando su obra” (Jn 14.10 b). Jesús reafirma la fe de sus discípulos “El que me ve a mí ve al Padre” (Jn 14,9), la obra de Dios, por ello,  su proyecto continúa en aquel que cree en Jesús y cree que Jesús muestra plenamente a Dios: “Os aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, e incluso otras mayores” (Jn 14,12). Quien cree en Jesús descubre que lo esencial esta antes que lo urgente.
 
Pidamos al Señor que las dudas, inquietudes y falta de fe que en ocasiones tenemos, sean disipadas por el Espíritu del Resucitado; que en este tiempo de Pascua, preparación para la celebración de Pentecostés, seamos, al igual que los primeros cristianos, testigos y testimonio de la presencia de Dios en medio de nosotros, que nos dejemos guiar por el Señor que sigue actuando en medio de la Iglesia, que no olvidemos lo importante y que nuestras obras sean reflejo de lo que somos como cristianos católicos que continúan celebrando la alegría de la resurrección de Jesús.

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